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sergiobrau

Jon Agiriano en El Correo.

El último mito. A los 32 años, sin cumplir la última temporada que le restaba de contrato, Julen Guerrero abandona el fútbol. «Es el momento», balbuceó ayer, llorando. La noticia tiene un rango de primer orden en el Athletic. Hablamos del último mito del club. Julen Guerrero se retira tras disputar 430 partidos y marcar 116 goles con la camiseta rojiblanca durante 14 temporadas. Estas cifras, que le convierten en el séptimo jugador rojiblanco en partidos disputados y en su duodécimo máximo goleador, servirían por sí solas para que ocupase un lugar de honor en la historia del Athletic. Sin embargo, la trascendencia de Guerrero va más allá de las estadísticas. Hay que buscarla en su valor simbólico. No es exagerado decir que ha sido la imagen de toda una época consumida sin títulos, entre claroscuros, sueños de gloria e incertidumbres. Durante estos años, buena parte de la afición ha visto representado en Guerrero al propio Athletic. De un modo inconsciente, ambas identidades -la del jugador y la del equipo- se han fundido. De ahí que la hinchada nunca le haya abandonado. De ahí las ovaciones constantes y la expectación que siempre ha levantado. De ahí, en fin, que tantos miles de aficionados no hayan podido observarle nunca con objetividad y se hayan negado a aceptar la evidencia de su declive. En el fondo, tiene su lógica. Guerrero era el Athletic y nunca es fácil aceptar la decadencia del equipo que uno lleva en el corazón. Para éste siempre hay una disculpa, una defensa. Es una cuestión sentimental: la de esos amores inquebrantables que genera el fútbol. Para entender lo que ha supuesto Julen Guerrero en el Athletic hay que remontarse a su aparición en 1992, de la mano de Jupp Heynckes. El técnico alemán quedó prendado a primera vista de aquel rubiales sobre el que la cátedra de Lezama hablaba maravillas desde que ingresó en la factoría rojiblanca con apenas doce años. «Llegará a la cima del fútbol», vaticinó, antes de hacerle debutar ante el Cádiz en el primer partido de Liga. Corría el 6 de septiembre de 1992. Un espectáculo Las dos temporadas que el portugalujo hizo con el técnico de Mönchengladbach fueron un espectáculo. En 73 partidos de Liga marcó 28 goles, provocando con ello un impacto enorme en el fútbol español. De hecho, debutó con la selección apenas cinco meses después de su bautismo en Primera, el 27 de enero de 1993, en un amistoso ante México. Julen se convirtió en un ídolo de masas y lo cierto es que lo tenía todo para serlo. Como futbolista, el Athletic había encontrado petróleo. No era un dechado físico, pero tenía clase, sabía leer el juego con inteligencia (sus cambios de orientación y su último pase siempre han sido magníficos) y, sobre todo, era una garantía de gol. Los marcaba aprovechándose de dos virtudes: ser un gran rematador y tener un sexto sentido innato para aparecer en el área en el sitio justo y en el momento adecuado. No sabías cómo, pero cuando la jugada terminaba, sobre todo por el segundo palo, allí aparecía el 8 rojiblanco. Por otro lado, Julen Guerrero era joven, guapo, atento y destilaba un punto de timidez y formalidad que lo hacían arrebatador para las adolescentes. Ya se sabe: era el novio ideal y el yerno que toda madre desea para su hija. El caso es que, durante la concentración que la selección española realizó en Puente Viesgo antes del Mundial de Estados Unidos, aquello fue un sinvivir de desmayos, gritos histéricos y arrebatos de quinceañeras inconsolables cada vez que el futbolista rojiblanco asomaba por una esquina. El Athletic nunca había tenido algo así. A lo largo de su historia, había contado con jugadores de más calidad que Guerrero. Eso es indudable. Había tenido, incluso, figuras como Zarra, que llegaron a ser entronizadas como símbolos del país. Lo que nunca había tenido el Athletic, sin embargo, era un ídolo mediático. Una estrella pop. Retener al ídolo El club no tardó en tener un serio problema. 'La Perla', como le empezaban a llamar los aficionados, estaba recibiendo ofertas de grandes clubes españoles y europeos. Retenerlo se convirtió en una cuestión de principios para José María Arrate, que había accedido a la presidencia en 1994. El Athletic vivía momentos de tensión. La batalla en la urnas entre Arrate y Lertxundi había dejado muchas secuelas, entre ellas la marcha de Heynckes y un ambiente de cuchillos largos en 'La Catedral'. Por otro lado, los títulos comenzaban a quedar muy atrás en el recuerdo y había que ilusionar de nuevo a la hinchada. Guerrero tenía que quedarse. Lo cierto es que ése era también su deseo, ya que siempre ha sido un chaval muy apegado a su familia y a su entorno, poco dado a las aventuras vitales. Pero si tenía alguna duda, Arrate se la quitó con una oferta excepcional, nunca vista en el Athletic: un contrato millonario por doce temporadas. Hasta 2007. Y no sólo eso: también le nombró capitán. Estamos en el mes de enero de 1995. Con 21 años, Guerrero acepta el brazalete y firma un contrato hasta el final de su carrera, lo que acaba de engrandecer su figura. Ya no sólo es un ídolo, sino un paradigma de fidelidad al club. Lo máximo. Nombrarle capitán fue un error. También lo fue que Guerrero aceptara un cargo para el cual no estaba preparado ni por carácter -nunca ha tenido un ascendente personal sobre la plantilla- ni por veteranía. Una parte del vestuario se sintió agraviada y se fue distanciando del portugalujo, que nunca ha sido un futbolista muy popular dentro de la caseta. Individualista y reservado, no ha podido ser un líder. Al contrario. Nunca ha dejado de hablarse sobre sus relaciones más o menos tensas con otros jugadores. ¿Quién no ha oído alguna vez hablar de que el problema de Guerrero es que sus compañeros le tienen envidia y no le pasan el balón? Vista con perspectiva, la carrera deportiva del futbolista rojiblanco puede dividirse en tres grandes etapas. La primera sería la del inmenso fulgor y se prolongaría durante cinco temporadas, entre la 1992-93 y la 1996-97, es decir, la del exitoso debut de Luis Fernández en el banquillo rojiblanco. Por cierto, los 15 goles de Guerrero tuvieron mucho que ver en que el equipo se clasificara para la UEFA un año después de sufrir lo que no está en los escritos con Stepanovic. Hablando de goles, hay un dato que se impone: 64 de los 101 que Guerrero ha marcado en Liga los consiguió en sus cinco primeras campañas. Fueron excepcionales. De auténtico crack. Segunda etapa La segunda etapa de Julen Guerrero se prolonga durante las cuatro campañas siguientes. En ellas, el portugalujo continuó siendo importante, pero dejó de ser el futbolista desequilibrante y de referencia que había sido hasta entonces. La temporada en la que el Athletic alcanzó la Champions se inició con un altercado entre Julen y Luis Fernández a propósito de su hermano José Félix, al que el tarifeño no dejó que participara en la presentación del equipo. Camino de Clairefontaine, algo se rompió entre ellos para siempre. El caso es que ese año Guerrero no estuvo a su altura. Lesionado durante tres meses, recayó un par de veces antes de reaparecer y no acabó de coger el ritmo. Marcó 8 goles -una gran cifra para los demás pero regular para él- y fue titular en 25 partidos, de los cuales sólo completó media docena. Comenzó a discutirse entonces, por primera vez, de la posición de Guerrero en el campo. Realmente, no era una cuestión baladí, ya que 'La Perla' era un jugador muy especial, la típica pieza valiosa y peculiar que hay que saber encajar bien para que pueda lucir en todo su esplendor. Guerrero encontró su sistema ideal en el vértice superior del rombo de Heynckes y con dos delanteros de gran movilidad -es decir, buenos generadores de espacios para las llegadas desde atrás- por delante de él. Eran Valverde y Ziganda. Luis Fernández, sin embargo, contaba con más recursos y acabó apostando por un frente de ataque con Etxeberria, Urzaiz y Ezquerro. De este modo, Guerrero tuvo que retrasar unos metros su posición para jugar más cerca del medio centro y ayudar a éste en las labores de acarreo. Esos metros eran vitales. En ocasiones, la diferencia entre llegar al gol y no llegar. El capitán se vio obligado a un cambio de papel. Seguía siendo la gran estrella -su camiseta ha continuado siendo la más vendida hasta hace dos días-, pero su impacto en el juego fue disminuyendo de forma paulatina. La última campaña con Luis Fernández fue la peor hasta entonces de su carrera. Sólo marcó 6 goles y fue sustituido en 15 de los 28 partidos que jugó de titular. Con Txetxu Rojo, las señales de alarma, la percepción general de que algo pasaba con Julen, se acentuaron. Su rendimiento siguió decayendo. Fue titular en 25 partidos y sólo marcó 4 goles. La realidad era incontestable: Guerrero no era el futbolista que había deslumbrado en sus primeros años. Es cierto que el equipo estaba mal y no le ayudaba nada. Pero tampoco él era el mismo de antaño. A partir de noviembre de 2000 -un Austria-España- dejó de entrar en las convocatorias de la selección. Ya no volvería más. El regreso de Jupp De este modo, en junio de 2001, cuando Jupp Heynckes regresó al Athletic, uno de sus objetivos fue recuperar a la estrella a la que él mismo había dado la alternativa nueve años antes. Nadie podía aceptar que un futbolista tan importante se apagase con 27 años. El técnico renano le puso de titular las 9 primeras jornadas, pero su pupilo no le convenció. Ante el Valladolid, en la octava jornada, el Athletic encajó una dolorosa derrota por 1-4 en San Mamés y Heynckes sustituyó a Guerrero en el descanso. En la rueda de prensa, lo justificó asegurando que no le había visto metido en el partido. El capitán le contestó al día siguiente. Fue el primer rifirrafe entre ambos; el origen de un desencuentro inevitable porque estaba basado en una certeza amarga. De nuevo, Heynckes le descubrió al primer vistazo. Julen había perdido velocidad y le faltaba la chispa necesaria para ejercer de media-punta en un fútbol cada vez más globalizado y exigente. El resto de los entrenadores que siguieron al alemán -Valverde, Mendilibar y Clemente- compartieron de un modo u otro esa lectura y Sarriugarte parece ser de la misma opinión. Así las cosas, Guerrero dejó de jugar el segundo año de Heynckes y ya no volvió a hacerlo como titular salvo en momentos muy puntuales. Ello ha supuesto un trauma para el jugador, un hombre obsesionado con el fútbol y con la aureola de su figura. Hablamos de un futbolista que se construyó una casa en Lezama para estar más cerca del tajo y que ha tenido siempre una conducta profesional intachable, tanto en los entrenamientos como en su vertiente de embajador del club. Nunca se le ha visto en una juerga. Nunca se ha negado a un autógrafo ni a una fotografía. Foco de polémica En el campo, saliendo unos minutos, mientras la grada se iba enardeciendo con gritos de «Julen, Julen», Guerrero ha acabado sufriendo por las enormes exigencias y la presión brutal que él mismo se ha impuesto. En cada balón veía una oportunidad de reivindicarse, de demostrar que seguía siendo la estrella que fue. Y es imposible jugar bien en ese estado de ansiedad. Se pueden dejar detalles de calidad -el último de Julen fue el gol olímpico ante el Cádiz que Megía Dávila le birló-, pero no jugar bien al fútbol con regularidad. A ello, además, hay que unir la presión exterior: la de algunos medios rendidos a su causa y la de un sector de la afición que, entregada a él en cuerpo y alma, se ha negado siempre aceptar la realidad; incluida una tan obvia como es que ningún entrenador del mundo se tira piedras contra su propio tejado y que ninguno en su sano juicio dejaría de contar en su equipo con un Julen en su mejor versión. Decir que el Guerrero de 2006 era el mismo que el de 1994, como llegó a decir Clemente en una más de sus ocurrencias, es peor que un pitorreo. Supone despreciar la grandeza como futbolista que llegó a alcanzar el portugalujo. Pero así se ha escrito esta historia. De hecho, todavía sigue existiendo un sitio en Internet llamado «Guerrero justicia», donde se buscan adeptos dispuestos a denunciar que su ídolo no juega por razones extradeportivas. Lo cierto es que esta cuestión ha supuesto un foco de polémica e inestabilidad en el club durante el último lustro. Quizás todo haya sido inevitable, pero es mejor que termine, que Guerrero ocupe el lugar que merece en la historia del Athletic y comience una nueva carrera como técnico.
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