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sergiobrau

Breve viaje a la tierra del vinagre: día tercero

Bueno, pues aquí pondremos el final a este brevísimo pero intenso viaje a Italia, con un día y medio lleno de emociones, de buenos momentos pero sobretodo de amistad por encima de cualquier cosa. Como ya decía, mi sueño se acabó cuando “El Gato” quiso , aunque esta vez fue mucho más suave en su forma de despertar, supongo que algo valdría en que le cediera la cama y que no roncara. Bajamos al desayuno: bollería más que aceptable, faltó un poquito de jamón o de queso, pero bueno, podríamos darle una buena nota al surtido de bollos. Yo como siempre, comedido, a pesar de lo que digan las malas lenguas. Un breve descanso y luego algunos nos fuimos de compras. Jaime y El Niño se pegaron media hora probándose modelitos, la verdad es que como tienen buena percha, todo les sienta bien, y se compraron algunos polos muy bonitos de la selección italiana. Tras mi pequeña frustración por no encontrar ninguna talla xxl, llegamos a Planet Calcio, algo retrasados pues el Perla quiso beber un poco de agua, y El Niño ya me tenía reservada la camiseta de la Azurra. Por fin una xxl, y camiseta para el menda para lucirla bien a gusto este verano. Tras eso, al hotel para ir a comer, a una hora muy temprana como las 12.30, pero el torneo empezaba a las 3, y a las 2 ya había que estar en el campo, así que fuimos al restaurante. Antes, nos metieron a pasear por un mercadillo, y el paseo se convirtió en interminable, porque hacía calor y casi nos tiramos media hora andando. Cada uno pidió lo que quiso: los más moñas ensaladita, y yo recibí varias críticas por comer un plato ligero como “Rissotto a quatre formaggio”, y un filete de pechuga con patatas. Bueno, sólo aquí reconoceré que lo normal habría sido comer ensalada, pero me pueden los rissottos y no me resistí. Tras la comida, por fin llegó la hora deel fútbol, lo que habíamos estado esperando, y a lo que habíamos ido a parte lógicamente de ponernos finos a comer. Tanto en la furgoneta como en el vestuario, comenzamos a cantar esa bonita y pacífica canción que tantos nos pone y que dice: “a esos putos les tenemos que ganar…”, y tras calentar un poco el ambiente, acudimos a la presentación y a una exhibición de niños videntes que rondaban los 5 o 6 años con el balón de los ciegos. Tras ellos, empezaría el triangular que se disputaría con el modelo de los torneos de verano que antes estuvieron tan de moda: primero jugarían los italianos de Nápoli émpoli, y luego nosotros primero contra el perdedor y finalmente contra el ganador. Vimos la primera parte en la que Nápoli con gol de Mario Zungri se imponia con cierta claridad, y nos fuimos a estrenar nuestra equitación verde recien comprada y estrenada en este torneo. Por cierto, llegados a este punto El Niño quiere decir que le encanta esta equitación, dicho queda, aunque también le pega al Gato y a Zule, al primero por viejo, y al segundo por verde. Hablamos brevemente de su forma de jugar, un 2-2 que en España ya casi no se usa, y de cómo jugar nuestro juego rápido en una superficie tan lenta como la de césped natural, donde pudimos comprobar que se paraba la bola, y el peligroso bote que tenía que dificultaba muy mucho su control. La pelota se quedaba parada a veces y no había manera humana de encontrarla más que buscarla a ciegas (nunca mejor dicho), o siguiendo las instrucciones que nos daban para encontrarla. Así pues, salimos al campo sin descuidarnos, sin dar el partiddo por ganao porque ese es uno de los errores más grandes que puedes cometer. Nos costó bastante arrancar, porque lo dicho, el balón se paraba y a la hora de chutar, no acertábamos a poner bien el pie. Pero un gol de Alfredo nos mandó al descanso por arriba tras un dominio absoluto y en el entretiempo, hablamos de hacer por lo menos un par de goles por si Nápoli nos daba un susto en el siguiente partido, el empate nos valdría. El segundo tiempo fue un paseo, yo no di ni una sola carrera, Alfredo hizo y el Niño hicieron un par de goles cada uno y con un poco de suerte, habríamos hecho más. Hasta El Gato se lució en un penalti tan tonto como claro al salir del área. Llegamos al partido decisivo. Habíamos comprobado que Nápoli podía ponernos en mayores apuros: era un equipo con mayor movilidad, y arriba tenía pegada con Mario Zungren. Arrancó el partido y lo controlamos de cabo a rabo, eso sí, no había manera de hacer gol. Alfredo estrelló dos balones en el palo, y sólo nos faltó el premio de marcar para que la primera parte hubiera salido redonda. De todas formas, tampoco hubo tiempo para preocuparse: a los dos minutos el Niño ya nos había puesto en ventaja, tres más tarde marcaba el segundo, y Alfredo redondeaba la tarde con el tres a cero faltando segundos, y eso que se llevó un tremendo patadón debido a la impotencia. Menos mal que llevaba espinilleras, porque podían haberle partido la pierna. Cantamos un poquito al acabar, pero tampoco con demasiado entusiasmo: habíamos jugado bien y habíamos ganado el torneo, pero no es lo mismo que la Liga o el Campeonato de España, eso está claro. Manteamos al Aceituno y a Musta, y al pobre italiano le hicimos la croqueta, siempre todo encabezado por el Muro, que es serio de cojones antes y durante el partido (como debe ser), pero cuando acaba, es el más cabronazo. Por hacerle eso a Musta, luego se llevó una buena ducha con una botella de agua, él y casi todos los del equipo, al único que no le cayó fue al menda, que estaba en la otra punta. Alfredo recibió el mpremio al mejor jugador del torneo, justo y merecido. Hizo lo que quiso en el campo, 5 goles y no fueron más por los palos que pegó, los volvió locos a todos y la gente flipó con él. Tras las fotos, medallas y trofeos, nos fuimos a la ducha, y como el Muro no tenía a quien putear, me puso perdido de agua porque según él,, era al único que no habían mojao: ¡menuda democracia! Al salir del vestuario, alguien me puso la Copa de Campeones en la mano, y la llevé de regreso al hotel dejándola en la habitación. Al llegar, le puse al Gato el gol de Heinze y los de Corea del Sur, y mientras se duchaba, un par de canciones de Sandro y otra de Leonardo Fabio, que le remontaron a cuando él era joven, allá por el siglo Xviii por lo menos. Un poco más tarde de que Inglaterra marcara el 1-0 que luego no le serviría para ganar, salimos para cenar los 3 equipos juntos: ¿Qué cenamos? ¡Pizza, otra vez pizza, otra vez esas pizzas de metro! Yo creo que estaban mejor que el día anterior, más buenas, más suaves… De película de verdad. Me encantan las cenas después de un torneo: Urbi saca su vena cantante y es el primero que manda cantar, casi siempre picando a Zule y a Alfredo que no se hacen de rogar mucho, y luego nos sale el Quintero/Quiroga del equipo, (hidalgo, cuantos motes no?), construyendo alguna letra para meterla en alguna tonadilla. Así nos pegamos como media hora repasando todo el cancionero español, metiéndonos con Maradona y los pobres napolitanos que pasaban de nosotros y de vez en cuando se arrancaban con alguna napolitana. Jugaré con un eufemismo y diré que me puse fino de pizza, bien acompañado por el anteriormente conocido como “señor Ronqueti”, y magistralmente abastecido por el Gato, que cortaba unos pedazos que parecían tepes de césped. En los postres, hubo algunos tímidos parlamentos, pero no los coñazos esos que nos dan los “magníficos” directores de agencias o de delegaciones territoriales, sino de esos que salen del corazón. Y como el auténtico capitán de Málaga, Marcelo Rosado alias el Tigre de Ronda se encontraba ausente, y el capitán ficticio no tenía ni voz ni ganas de hablar, el menda soltó el parlamento en italiano más largo de la historia del CDC Málaga. Jamás pensé que podría saberme tantas palabras en italiano, de algo ha valido seguir el Giro ¿No? Regresamos al hotel con una hora y media de tiempo para preparar las maletas y descansar un poco, y a la 1 partimos para Bérgamo para coger el vuelo que salía a las 6 de la mañana. saliera. Otra vez los VIP fuimos en coche y los “otros” en la furgoneta. Urbi y yo aprovechamos para dormir todo el viaje, la copa seguía en mi poder y viajaba conmigo en el asiento delantero. A eso de las cinco menos cuarto llegamos al aeropuerto de Bérgamo: Musta y Ciro se pegaron un palizón y todavía les quedaban otros 350 km de vuelta a Pavullo. Nos despidieron emocionados en la puerta de embarque, vaya tipos tan extraordinarios. Hicimos tiempo hasta montarnos en el avión, mientras Zule o lo que quedaba de su voz seguía ultimando estrategias electorales para usurpar el puesto de Marcelo. Montamos en el avión, la Copa junto con las maletas nos la dejaron meter en el compartimento de equipajes. Otras dos horitas de sueño reconfortante que me vinieron de perlas. Me despierto justo cuando el avión pisaba suelo firme español, recogimos las maletas y ya no vi a casi nadie. Cada uno salió disparao a sus cosas, y yo, junto a Alfredo, el anteriormente conocido como Ronqueti y su cuñao Fran que vino a buscarnos nos fuimos en coche. Me dejaron en la estación y se marcharon. Aunque no tenía jetlack, me impacienté cuando a las 10 menos 5 nadie vino a buscarme, pues quedaban 10 minutos para que saliera el tren. Luego, ignorante de mí, la señorita de Atención al Cliente, me recordó que eran las 10 menos 5 y que el tren salía a las 11.05, gilipollas de mí había mirao mal la hora. Antes de quedarme sopa en el tren me dio pena no haberme despedido de nadie, pero todos salimos tan pitando que ni tiempo me dio. Por suerte, voy a volver a ver a mi segunda familia dentro de muy poco, y también lo contaremos aquí. En Atocha las chicas de Atendo se fotografiaron todas, una a una conmigo, cosa extraña pues no soy un top model, pero se me había mencionado contar que la Copa de Campeones del torneo se la llevó Papá y que luce en el salón de mi casa. Luego la tarde se redondeó con un viaje cansadísimo, y 4 horas de radio intensísimas, con un partidazo de fútbol para no olvidar, y dos goles que me han dejao la garganta jodida para un tiempo. Pero mantener la categoría, bien vale eso y más ¿no? En pocos días, ¡a por el doblete en Albacete! Os espero a todos.

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