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sergiobrau

Álvaro Suso en Mundo Deportivo.

De león a ídolo. Las lágrimas de Julen en su despedida paralizaron durante varios minutos el corazón del Athletic. Ni la ovación de los presentes, sus compañeros incluidos, pudieron romper el silencio que se hizo en todos y cada uno de los aficionados del club cuando se iban enterando de la noticia. Vi al mismo Julen que conocí hace más de diez años. Ahora ya sé que se había cerrado, que era menos alegre que entonces, que algunos se habían empeñado en que no fuera el mismo, pero ayer demostró que su interior no ha cambiado. El Guerrero que revolucionó el Athletic era un jugador espectacular y una persona abierta, siempre dispuesta; el futbolista capaz de conceder una entrevista en sus vacaciones, de quedarse los minutos que hiciera falta para firmar un autógrafo, de mojarse para sacarse la foto con los seguidores; un ejemplo de cómo se debe tratar a los aficionados y a los periodistas. Sin embargo, no todos se lo agradecieron y hubo quien esperó con el hacha levantada para cuando sus brillos en el campo fueran menos rutilantes. Quizás entonces se convirtió en menos abierto. Lo que nunca nadie ha logrado cambiar es su postura correcta. ¿Cuántas veces le han pedido que explotase en los últimos años? Siempre correcto, sin escándalos. A veces, saber estar es más importante que llegar a un sitio. Cuando Mundo Deportivo sacó su edición en Euskadi hace ya ocho años, Guerrero no dudó ni un segundo en ir a Lezama en sus horas de descanso, una mañana lluviosa de domingo, para fotografiarse de rojiblanco en una portada especial. Los recuerdos de sus goles se irán borrando, pero Julen ha hecho historia, tanta que es un símbolo del Athletic. Posiblemente el único jugador emblemático que queda junto con Iribar. Un futbolista pasa a ser un símbolo cuando hasta los que no le han visto brillar se emocionan con su presencia. Eso ocurre con muy pocos. A aquel grito de la grada de San Mamés de ¡Dale Goiko!, le siguieron otros como el ¡Cuco, Cuco! de los córners; sin embargo, el ¡Julen, Julen! de la última época ha sonado en La Catedral con la fuerza de ser un símbolo. Estoy seguro de que lo volveremos a oir, pues Guerrero no puede decir adiós entre lágrimas, se merece levantar de nuevo los brazos en el césped de San Mamés, con la tribuna llena, y que la parroquia le despida como el jugador que ha hecho vibrar, y en muchas ocasiones soñar, a toda una generación
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