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sergiobrau

Jon aguiriano en el correo.

Raimundo Pérez Lezama (Barakaldo, 29-11-1922) fue uno de los 3.889 niños vascos que el 23 de mayo de 1937, a bordo del buque 'Habana', llegaron al puerto de Southampton huyendo de la guerra. Le acompañaba su hermano Luis. Raimundo tenía entonces 14 años y quizás por ello, porque a esa edad todo son aventuras, su recuerdo de aquellos primeros días de exilio sólo se condensa en imágenes y sabores agradables: el gran recibimiento de los ingleses, el pan blanco, los dulces de jengibre... En realidad, el desgarro de la separación quedó para su madre, que se quedó sola en Barakaldo con su hija pequeña y toda la incertidumbre del mundo. -«Mi padre trabajaba en La Naval, pero la guerra le pilló en Sagunto y no pudo volver hasta que terminó. Bueno, hasta que salió de la cárcel»-, explica Raimundo, en la sala de estar de su casa, en la calle María Díaz de Haro. (Ha quedado una buena tarde y el sol esparce destellos de plata en los viejos trofeos y medallas que relucen en el aparador. Al legendario portero rojiblanco le acompañan su esposa, Jone Ortiz de Mendibil, y Manu, su hijo mayor, al que quizás algunos aficionados del Athletic, los más veteranos, le recuerden en San Mamés, siendo un niño, sentado detrás de la portería que defendía su padre y surtiéndole de regaliz negro en los partidos más tediosos. En la sala también se ven algunas fotografías enmarcadas. Destaca la de Paula, la biznieta de Raimundo y Jone, su mayor consuelo tras la reciente muerte de su hija Nuria a los 44 años). Fue en Inglaterra donde el futuro portero del Athletic comenzó a jugar al fútbol con una cierta seriedad. Antes, en la escuelas municipales de La Felicidad y en los Salesianos, prefería la pelota a mano. Sus primeros partidos fueron en el campeonato escolar de Southampton, defendiendo los colores del Nazareth House, el orfelinato católico en el que él y su hermano quedaron internados a su llegada a Inglaterra. Que Raimundo acabara jugando de portero fue una casualidad. En esa decisión tuvo mucho que ver Toby Keller, un comandante de la RAF que le acogió como tutor. Keller era directivo del Southampton y vio pronto que su pupilo era un gato. Así se lo hizo ver a mister Parker, el entrenador del primer equipo, que no dudó en captarle para los juveniles del club. Debut contra el Arsenal El estallido de la Segunda Guerra Mundial precipitó los acontecimientos. Pese a no tener la edad reglamentaria, Raimundo sabía conducir y comenzó a trabajar como chofer del comandante Keller, al que un día -recuerda- vio llegar herido de uno de sus 'raids' por Francia. Eran tiempos duros. Los bombardeos alemanes arreciaban sobre Inglaterra. A pesar de ello, la Federación Inglesa decidió continuar con los campeonatos de Liga, aunque la mayoría de los equipos tuvieron que completarse con militares o exiliados. De este modo, con tan sólo 17 años, Raimundo Pérez Lezama acabó siendo el portero titular del Southampton y defendiendo sus colores ante rivales de postín como el Arsenal, contra el que jugó el día de su debut, el Manchester United, el Chelsea o el Fulham. -«Tengo recuerdos muy bonitos. La gente estaba sufriendo mucho, pero en el fútbol era feliz. Yo volví a casa en 1940. Vine en el 'Monte Banderas'. Mi padre estaba en la cárcel y la verdad es que había más peligro en Inglaterra que en España», recuerda Raimundo, que se trajo con él los sabios consejos de mister Parker, una nueva lengua bien aprendida y un regalo del comandante Keller: el reloj de cabina de su cazabombardero. «La pena que siempre he tenido es que no me traje la careta para gases asfixiantes que nos dieron», se lamenta. Lezama no se planteó seguir jugando al fútbol a su regreso a Vizcaya. Sólo pensaba en encontrar un trabajo para ganarse la vida. Su hermano Luis ya empezaba a trajinar en los fogones -acabaría siendo un famoso cocinero- y él debía hacer lo mismo. De nuevo, una casualidad volvió a colocarle debajo de la portería. -«Un amigo de mi padre sabía que había jugado en Inglaterra y me llevó a hacer una prueba con el Arenas. Probé y me ficharon. Todavía recuerdo aquel equipo: Lezama, Basaguren, Larrazabal, Salbidea, Tellados, Gochi, Landabaso, Campa, Larrondo, Bilbao y Ochoa», recita de corrido. La sentencia de Zamora La calidad como portero de aquel niño de la guerra recién retornado no pasó desapercibida. Tanto es así que, antes de acabar esa temporada, Lezama ya estaba fichado por el Athletic. Su debut en el equipo rojiblanco, sin embargo, se hizo esperar. Es fácil de explicarlo. La portería del Athletic tenía por entonces un inquilino joven y de enorme futuro: el getxotarra José María Echevarría. Había sido el portero menos goleado de la temporada 1940-41 -ahora le darían el Zamora- y los aficionados comenzaban a verle, ilusionados, como el relevo del gran Blasco. Echevarría, sin embargo, no tuvo suerte. Una grave lesión en un pulmón tras un fortísimo choque disputando un partido en Oviedo acabaría arruinando su carrera. Una tarde, recuerda Lezama, se lo encontró muy pálido en el vestuario de San Mamés. «¿Qué poco voy a jugar ya!», le dijo, antes de caer desmayado. -«¿Que gran portero fue Josetxu! ¿Y qué bella persona!», comenta su sucesor. Raimundo acabaría debutando con el Athletic el 27 de septiembre de 1942. Antes de ese debut, durante su campaña como suplente de Echevarría, el portero de Barakaldo vivió una situación curiosa. La anécdota no tiene desperdicio. Fue a hacer una prueba con el Atlético de Aviación y disputó tres partidos realizando unas buenas actuaciones. Ante el Toledo, por ejemplo, paró dos penaltis. El entrenador del Atlético, sin embargo, le despidió de mala manera. «El fútbol no se ha hecho para tí», le cortó. La cosa no tendría mayor trascendencia si el autor de esa sentencia disparatada no hubiese sido Ricardo Zamora. -«Se lo dije al año siguiente, después de la final de Copa contra el Madrid. Nos vino a felicitar a los vestuarios y le recordé lo que me había dicho. Se quedó callado». Raimundo Pérez Lezama dio un vuelco completo a la figura del portero que tenía la afición del Athletic. Hasta su llegada, todos los guardametas rojiblancos -y en general, todos los españoles- vivían mayormente en la raya de la portería. Eran gente seria y ortodoxa, de grandes reflejos y una magnífica intuición. Con Lezama, en cambio, comenzaron a verse en La Catedral las salidas fuera del área, los saques a botepronto y los saques con la mano. Fueron tres innovaciones que no sólo le dieron una gran notoriedad sino que tuvieron mucha influencia en el juego del equipo campeón de Juanito Urquizu. -«A botepronto le pegaba mucho más lejos que otros porteros y eso era una ventaja para el equipo. Y sacando con la mano, casi siempre a Nando, podíamos empezar la jugada sin regalar el balón»-, explica. Lezama, en fin, arriesgaba mucho más de lo que lo habían hecho sus predecesores Ibarreche, Rivero, Vidal, Ispizua, Blasco, Echevarría y demás. Por regla general, este plus de riesgo no creaba ningún problema. Todo lo contrario: Lezama era indiscutible en el once rojiblanco y la grada le echó de menos las tres o cuatro veces veces que cayó lesionado de su rodilla izquierda. Ahora bien, todos los grandes escribanos ejecutan su ración de borrones y los de Lezama solían ser tan aparatosos -salidas al vacío o inesperados excesos de vista- que acabaron teniendo su nombre: 'lezamadas'. -«La peor fue una en Alcoy. En una falta mandé quitarse a los de la barrera, me la colaron y nos eliminaron de la Copa»-, recuerda. Todo un palmarés Otras veces, sin embargo, sus actuaciones fueron decisivas en la consecución de títulos. Quizás la más famosa de las suyas fue la de la final de Copa de 1943. El Athletic había ganado la Liga y se disponía a completar un doblete memorable ante el Real Madrid. Si fue posible ello se debió a que Lezama, en su primera final, detuvo todos los ataques merengues «con sus paradas y sus filigranas», como escribió un cronista. No salió a hombros de milagro. -«Es el partido del que mejor recuerdo tengo»-, reconoce Lezama, cuyo acceso a la titularidad en el Athletic no pudo ser más próspero. Ganó una Liga y 3 Copas en sus tres primeras temporadas. Luego llegaría otra Copa, la de 1950 y, ya como suplente de Carmelo Cedrún, otros tres títulos más, la Copa del 55 y el doblete de 1956. En total 2 Ligas y 6 Copas, un palmarés que le convierte en el futbolista vivo del Athletic con más títulos conquistados. Y de los muertos, sólo su amigo Piru Gainza, con una copa más, le supera. Aparte de los títulos, el portero baracaldés guarda otros recuerdos imborrables: la gira por Marruecos en 1945 y los 5.000 regulares de Larache desfilando para ellos; el primer desplazamiento del equipo en avión -fue en 1949 y Nando decidió quedarse en tierra antes que volar a Málaga en aquel trasto de Iberia-; la magnífica impresión que le causó el fútbol de los argentinos Newell, San Lorenzo y Racing durante los amistosos que disputaron en la Navidad de 1949; su único partido internacional con la selección española ante Portugal; los clavos de los tacos de Puskas abriéndole la frente como una navaja; la magia de Czibor conduciendo el balón... Si hay algo que echa de menos, de todas formas, es la ceremonia que repetía antes de los partidos en San Mamés. A mediodía comía un caldo, una tortilla francesa y un plátano. A la una se tomaba un café y descansaba un poco. Bien repeinado al agua, a los dos y cuarto cogía la maleta -llevaba en ella su jersey de lana de cuello vuelto, el pantalón, las rodilleras y las botas- y se iba andando hasta el campo.
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