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sergiobrau

Jon Agiriano en El Correo.

Es cuestión de tiempo que Fernando Lamikiz dimita y se convoquen elecciones a la presidencia del Athletic. Que sea antes o después dependerá de lo que tarde el abogado de Busturia en rendirse a la evidencia y aceptar que no tiene ningún sentido gobernar en contra de la opinión de la inmensa mayoría de los aficionados. O dicho de otra manera: la dimisión del presidente dependerá de lo que éste tarde en poner los intereses del club por encima de los suyos propios. Y es que, hoy por hoy, estos intereses ya no son conciliables. Es algo que salta a la vista. El club bilbaíno, declarado zona catastrófica después de tres únicas jornadas de Liga, algo ciertamente insólito, necesita estabilidad y armonía. De la misma manera, el equipo pide a gritos tiempo, comprensión, mano firme y un trabajo psicológico formidable para superar la depresión moral y futbolística que le consume desde la pasada temporada. Y el problema es que, con Lamikiz en el palacio de Ibaigane, ninguna de estas necesidades va a poder ser cubierta en las próximas semanas: ni la estabilidad, ni la armonía, ni la compresión, ni el tiempo. Sencillamente, la gente no lo quiere. Se ha llegado a un punto de no retorno en el Athletic y San Mamés lo dejó muy claro el domingo con una manifestación de repudio que no tiene precedentes en la historia rojiblanca salvo que se la compare con la del último partido de la pasada campaña. Estas cosas no pasaban en el Athletic. Hasta ahora, en este viejo club se habían conocido broncas puntuales al palco por decisiones erradas o impopulares e incluso se habían vivido asambleas de compromisarios muy tormentosas. Pero nunca se había llegado a esta situación tan desagradable, a este ambiente viciado que oscila entre la rabia y la mofa, a esta descomposición total de las ilusiones respecto al equipo y a este descrédito tan mayoritario de la figura del presidente. Quizás sea una impresión exagerada, pero hay algo en todo esto -un concentrado aire terminal- que induce a pensar en el final de una época. Y no nos referimos a la época de Lamikiz -al fin y al cabo, lo suyo sólo han sido dos años-, sino a un espacio de tiempo mucho más amplio. Podría decirse que a dos décadas en las que el Athletic, de un modo lento e imperceptible, ha ido perdiendo los valores que le distinguían para convertirse en un club más. En un pobre club más de la Liga española. Es muy posible que el error de fondo, el polvo del que han venido estos lodos en los que ahora chapoteamos, haya sido considerar que la filosofía del Athletic es un fin en sí mismo y que basta con mantenerla para que este club siguiera siendo único y especial. Nada más lejos de la realidad. La filosofía del Athletic no tiene ningún sentido y se convierte en una apuesta vacua y anacrónica si no va acompañada de una serie de valores que son los que verdaderamente dan sentido a esa forma única de competir. Valores olvidados que tienen que ver con la grandeza de miras, con el respeto institucional, con el señorío, con una intimidad casi familiar entre el equipo y la afición, con el 'fair-play', con la ética de la superación y hasta con un cierto romanticismo. Con eso que se llamó nuestro estilo. Valores, en fin, incapaces de crecer en este mundillo navajero y cutre del fútbol donde ya sólo se sienten cómodos -en su salsa- los personajillos que todos conocemos. En fin, que acabará habiendo elecciones a no muy tardar. Y éstas, ciertamente, podrán ser un alivio a la caótica situación actual. Ahora bien, que nadie se lleve a engaño: no serán la solución. La crisis del Athletic va mucho más allá. El club rojiblanco necesita refundarse para intentar volver a los principios que un día le distinguieron. Si es posible.
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