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sergiobrau

Escribe Javier Pérez de Albeniz en elmundo.es

25 de mayo de 2006.- Todos deseamos. Siempre deseamos. Jamás dejamos de desear. Y los ciclistas no son una excepción. Ganar el Tour, vencer en una clásica, firmar por un equipo profesional, subir un puerto de primera categoría, sufrir menos en un entrenamiento... Las drogas son capaces de convertir en realidad la vieja teoría del deseo. También son capaces de acabar con un deporte, el ciclismo, al que la televisión y yo amamos profundamente. Un deporte que, a nivel profesional, está muerto y enterrado. Un deporte al que han matado las terribles exigencias comerciales, televisión incluida. En una tertulia matutina escucho una vieja frase, atribuida al doctor Eufemiano Fuentes, que define el estado de las cosas: "En esta maleta está el Tour". En el resto de televisiones marean la perdiz. Lissavetzky se multiplica y aparece en varias cadenas, hablando sin decir nada, y repitiendo aquello de 'tolerancia cero'. Nadie dice que el ciclismo es un cadáver, y que en la autopsia que se realizó hace tiempo a su fibroso y estimulado cuerpo descubrieron EPO. Es decir, eritropoyetina recombinante, una proteína que regula la producción de glóbulos rojos y controla la síntesis de la hemoglobina. Lo de ahora es la puntilla. La muerte de Marco Pantani, el escándalo de Roberto Heras, las sospechas sobre Lance Armstrong... Para muchos el ciclismo falleció en 1987, cuando Perico Delgado intentaba ganar el Tour y llegaban a Europa las primeras dosis de EPO. El deporte televisivo por excelencia, con permiso del fútbol, se ha despeñado por uno de esos terroríficos precipicios que bordean el descenso del Tourmalet. Jamás podrá volver a cruzar la meta con los brazos en alto: todos los telespectadores buscarán en la parte interior de los codos marcas de pinchazos. La investigadora italiana Giulia Sissa define la toxicomanía como una práctica que acciona la fuerza de un deseo que se ha vuelto insaciable y progresivamente devorador. Un deseo que se convierte en tolerancia y dependencia, por la adicción a unos productos que resultan imprescindibles para aquellos que no quieren sufrir demasiado. A lo largo de los últimos años la toxicología ha sido capaz de imprimir un nuevo ritmo a nuestras vidas. Y a nuestras pedaladas. Para los ciclistas tramposos la droga es mucho más que carburante de lujo para su motor. Es un estado físico, una forma de escapar del sufrimiento. La droga es una extraña forma de placer, puesto que sobre todo nos ayuda a escapar del dolor. Y el ciclismo es sufrimiento y dolor sobre todas las cosas. Si no quieren quedarse con ese regusto amargo que dejan las drogas, consigan el libro 'Cuentos de ciclismo' (EDAF Narrativa), sáltense el prólogo de Rajoy y súmense al pelotón fantasma de un deporte que un día fue épico. ¡El ciclismo ha muerto! ¡Viva el ciclismo!
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